Salto de Ángel.
De pie en la portezuela del avión, está listo para el salto de bautismo. Siente la adrenalina que lo traspasa igual que un relámpago. El viento es moderado y el cielo luce magnífico. El día es ideal para, al fin, concretar un largo anhelo. Recibe la luz verde, y se lanza. El gigantesco imán de la tierra lo reclama vertiginosamente. Él, en un gesto de audacia más allá de lo prudente, decide esperar unos segundos antes de tirar de la cuerda que abrirá, como un resorte, la tela que lo balanceará con suavidad por el cielo azul. Cae y cae. El viento brama en sus orejas, el aire parece rasgar su buzo color anaranjado. Abre sus ojos todo lo que puede para captar con plenitud el panorama que lo absorbe. El desierto allí muy, muy abajo. El mar a su derecha y los soberbios acantilados jaspeados de espuma. El espectáculo le parece formidable. Él cae y cae. Segundos después, seis o diez, no lo puede precisar, tira de la manilla que abre el paracaídas y espera el tirón brutal que lo frenará. Sólo que el paracaídas no se abre, y él cae y cae hacia el desierto que lo parece llamar a gritos. Aterrado, intenta la unidad de reserva, y, para su alivio, esta se abre. Aún cae muy rápido. Horrorizado se da cuenta que la tela se ha enredado con un tirante y él cae y cae como un peso muerto. Sus pies y manos se agitan de manera desesperada e intentan, vanamente, agarrarse de algo, pero sólo rasguña el aire que parece atronar una monstruosa carcajada en sus oídos. Su corazón es un caballo horripilado y su garganta un grito gutural, pavoroso, que se hunde más y más hacia la muerte. Cae... cae y cae mientras llora y se crispa y desfallece y revive para volver a desfallecer. Todo el horror del mundo lo tremola como el estandarte rojo sangre de la agonía. Ve pasar su vida en cosa de segundos. El rostro de su madre, su novia en el cuarto mes de embarazo y abandonada... Todo pasa ante sus ojos y su mente convulsa de terror más allá de lo humano. Sólo puede gritar y gritar como si descendiera a los infiernos para ser desollado y hervido en vida. Sólo cae y cae... En el último instante, en la nebulosa de pánico que lo quema, siente que moja y ensucia sus pantalones... Un horror más, un chillido animal y luego nada.
Sus gritos pavorosos despiertan a los vecinos, que hallan a Ángel apestando a porquería, con los ojos alunados de espanto, caído de la cama.-
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